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MEXICO y EL TITANIC

 
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xochita
jalapeño

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Una historia para recordar: México y El Titanic

Jueves, 7 de Abril

Alejandro Rosas / Historiador. Cerca de la media noche del 14 de abril de 1912, el Titanic inició su irremediable viaje a las abismales profundidades del Atlántico Norte, donde las gélidas y silenciosas aguas lo cubrieron de historia durante décadas. Setenta años después, el 14 de abril de 1982, un asombroso secreto emergió de la extensa biografía de don Gustavo Aguirre Benavides cuando iniciaba el último periplo de su vida hacia las profundidades del más allá. Entre sus papeles personales fue rescatado un mapa revelador; una carta de navegación --vieja, amarillenta y llena de polvo-- que tenía una fecha marcada: abril de 1912.

El destino juega caprichosamente con los hombres. Toma un instante de tiempo, elige un espacio físico, derrama un poco de fortuna, añade circunstancias y coloca al hombre para crear historias increíbles. ¿Qué relación podía tener un muchacho mexicano del pequeño poblado de Parras, con el tristemente célebre Titanic? Los inescrutables designios del destino, permitieron que don Gustavo Aguirre Benavides conociera desde 1912 y hasta el último instante de su vida la respuesta del misterio que tomó al mundo setenta y tres años resolver: el lugar exacto donde yacía el Titanic.

Elegido por el destino

“Mi papá Gustavo terminó su primaria a los 14 años --cuenta su hijo don Eugenio Aguirre-- y mis abuelos decidieron mandarlo a Berlín a que estudiara la carrera de ingeniero electricista, porque en Parras, Coahuila iban a adquirir una planta eléctrica --la primera en su género-- y mi abuelo quería que el menor de sus hijos se hiciese cargo de ella”.

Eran los primeros meses de 1912 y la familia Aguirre Benavides dispuso los preparativos para la partida de Gustavo. Urgía enviarlo al extranjero antes de que la situación mexicana se agravara nuevamente o bien que la inquietud propia de la juventud, encaminara a Gustavo a seguir los pasos de sus hermanos mayores --Adrián, Eugenio y Luis-- que se habían adherido a la revolución desde 1911, apoyando a su viejo amigo, el también originario de Parras, Francisco I. Madero.

Entre risas, lágrimas, abrazos y apretones de manos, Gustavo dejó atrás su pueblo natal, al que debía regresar en unos años con el título de ingeniero electricista, sin suponer siquiera, todas las andanzas que le deparaba el destino. De Parras viajó al puerto de Galveston en Texas y ahí tomó posesión del camarote que le esperaba abordo del buque Frankfurt, propiedad de la línea naviera Bremen. De acuerdo con lo previsto, atravesar el Atlántico tomaría quince días. Sin pena, ni gloria, la nave zarpó el 6 de abril de 1912 y todavía hizo varias escalas en Estados Unidos antes de internarse en mar abierto con destino final en Alemania. A nadie le impresionaba ya, observar un barco alejándose por el horizonte.

La escena fue diferente en Southampton, Inglaterra. Cuatro días después, el 10 de abril, los silbatos del más grande trasatlántico jamás construido anunciaron la partida inaugural del Titanic en lo que fue un día de fiesta para tripulación, pasajeros, familiares, amigos, periodistas y por supuesto para los dueños de la línea White Star, propietaria del barco cuyo lema anunciaba “que ni Dios podía hundirlo”. El trayecto del Titanic sería el inverso del seguido por el Frankfurt, navegaría por el Atlántico hacia el oeste, con destino final en Nueva York pero en mucho menos tiempo.

Para los pasajeros del Frankfurt, la noche del 14 de abril --que sería fatídica para el Titanic-- no parecía ser diferente de las demás: fría, con un poco de viento y un tanto aburrida. Se cumplían ocho días en altamar y todavía faltaban siete. Cerca de la media noche, el telegrafista del barco alemán, recibió un mensaje que se repetía sistemáticamente. “Según nos contaba mi papá --narra don Eugenio-- el capitán del Frankfurt recibió el S.O.S del Titanic, ordenó parar las máquinas y cambiar el rumbo para atender al llamado de auxilio. Pero se encontraban aún más lejos que el Carpathia, que estaba a cuatro horas del Titanic.”

El Frankfurt llegó al lugar del desastre en la mañana del 15 de abril cuando el océano tenía horas de haberse tragado entero al Titanic. El Carpathia había arribado desde las cinco horas y luego de rescatar a los pocos sobrevivientes se retiraba del lugar. En espera de alguna otra señal de vida, el capitán del Frankfurt decidió permanecer en el sitio del hundimiento por cuatro horas. El lugar de la tragedia sería visible sólo algunos momentos más, mientras los restos del naufragio y los propios muertos lo señalaran; luego todo quedaría cubierto por las aguas, tan azules como las de cualquier otro punto de la Tierra.

Para Gustavo y el resto de los pasajeros del Frankfurt, esas cuatro horas debieron ser las más largas e impresionantes de sus vidas. La dantesca escena no era para menos: cuerpos congelados flotando sobre las aguas, zapatos, velices, sombrillas, trozos de madera, algunas sillas, todo inherte. “A ese chamaco de 14 años --recuerda don Eugenio-- lo que más le impresionó y siempre contaba, fue haber observado a un hombre perfectamente bien vestido, de smoking, muy elegante, que había logrado llegar a un pequeño témpano de hielo. Estaba sentado y tenía una pistola en la mano: en su rostro se percibía un pequeño hilo de sangre ya congelada que bajaba de una de sus sienes. Había preferido darse un tiro, a morir congelado”.

Posiblemente entre los muertos que tapizaban la mar, se encontraba el cuerpo del diputado mexicano Manuel Uruchurtu. Tal vez Gustavo, sin saberlo, elevó una plegaria por aquella persona a quien no conocía y por las más de mil quinientas que perecieron. Don Manuel Uruchurtu y el joven Gustavo Aguirre Benavides, fueron los dos únicos mexicanos cuyas historias personales, convergieron por un momento en la historia universal y dedicaron un capítulo entero al infausto suceso.

Un mapa revelador

Con el paso de los años, la tragedia del Titanic se rodeó de un halo de misterio. No pasó mucho tiempo antes de que salieran a la luz libros y revistas con la historia del barco; entrevistas con los sobrevivientes, se proyectaran diversas películas sobre las últimas horas del trasatlántico o se enunciaran teorías acerca de su hundimiento. Durante años varias expediciones científicas fueron enviadas a buscar los restos del Titanic y su informe de resultados siempre arrojaba la misma conclusión: nadie sabía el lugar exacto de la tragedia. Nadie, excepto un mexicano, de Parras, que además de tener una historia fascinante, conservaba una carta de navegación, de su puño y letra, que marcaba el sitio preciso donde el Titanic dormía el sueño eterno.

Según cuenta don Eugenio, el viaje de su papá fue solitario, nadie más lo acompañó en la travesía del Frankfurt. Seguramente Gustavo iba con el temor propio del adolescente que se enfrenta por vez primera a la vida. Inquieto como buen joven a los 14 años, debió ingeniárselas para evitar el aburrimiento que fácilmente podía provocar una travesía de catorce días y halló un pasatiempo adecuado para la ocasión: se hizo de un mapa que contenía los continentes, americano y europeo, y decidió anotar en él, cada jornada realizada por la nave de bandera alemana.

Día por día, con una devoción casi religiosa, Gustavo se tomaba su tiempo para marcar en el mapa el número de millas navegadas por el Frankfurt. Así trazó detalladamente la ruta que siguió la nave hasta encontrarse con el hundimiento del Titanic. En ese lugar puso una marca diferente y cuando el Frankfurt decidió retirarse de la trágica zona para retomar su curso, Gustavo continuó con la misma disciplina diaria. El día 21 de abril atracaron finalmente en el puerto de Brehmen, Alemania.

Con la impresión del viaje, los problemas del idioma y en una tierra tan radicalmente distinta de su natal Parras, Gustavo tardó algunos meses antes de adaptarse. Instalado en Berlín, en junio de 1912 y ya un poco más tranquilo, escribió a sus papás una pequeña epístola, pero no utilizó una hoja blanca ni papel membretado, sino en el reverso de la carta de navegación que había realizado durante su viaje. En ella, pedía a sus padres que la conservaran como recuerdo de su primer viaje a Europa y explicaba el significado del mapa y cómo lo había hecho. El primer párrafo decía: “Muy queridos papacitos: esta es la carta del trayecto que hice desde Galveston el día 6 de abril de 1912 para Bremen. Llegué el 21 del mismo mes. Ahí dice quién es el capitán del barco, la millas que se caminaban por día y el lugar donde dice ‘Titanic’ es donde estuvimos buscando a los que sucumbieron en tan terrible catástrofe”. Emocionados por las últimas noticias de Gustavo, sus papás guardaron la carta como un tesoro.

Con Europa en guerra desde 1914, Gustavo suspendió sus estudios y sin un centavo sólo pudo embarcarse de regreso a México trabajando como fogonero --su papá no podía girarle dinero por la guerra--. Su esfuerzo alcanzó para llevarlo a Nueva York. Desde ahí le solicitó un préstamo al cónsul mexicano, Salvador Madero, amigo de la familia y finalmente llegó a Parras en 1915. Su carrera de ingeniero electricista debió posponerse un tiempo y la concluyó en Washington. A su regreso, recuperó la carta de navegación y la guardó el resto de su vida.

“No conocíamos la existencia de ese mapa --comenta don Eugenio--; mi padre era un hombre modesto, sumamente sencillo y sólo nos contaba, las peripecias de aquel viaje. Nunca mencionó nada acerca de la carta de navegación. Al morir donó toda su biblioteca de biología y botánica a la Escuela Superior de Agricultura de Saltillo, pero los libros de otro tipo los conservamos nosotros y entre los papeles encontramos el mapa”.

Luego de una larga y fecunda vida, don Gustavo falleció el 14 de abril de 1982. Curiosamente en la misma fecha en que siete décadas atrás, se había hundido el Titanic. Consciente o inconscientemente, don Gustavo guardó el secreto de su ubicación, respetando el descanso eterno de las víctimas en aquel cementerio natural en el fondo del mar. Al morir, su historia personal siguió atada con la del Titanic y sometida a los inescrutables designios del destino: solo tres años después, en septiembre de 1985, se anunció al mundo que el inhundible barco de la White Star había sido encontrado, desde luego, sin el auxilio del mapa. Parecía un acto liberador y el final de una promesa personal, de respeto, que se había consumido con la muerte.
Mensaje Publicado: Dom Feb 04, 2007 12:53 pm 
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